Renacimiento

La fuerza de tu boca

desafiando al tiempo, a la razón y a la tierra.

Tu boca como una cascada

de magma sobre los árboles frutales

del lugar que nos dio un invierno con marzo, una primavera entera,

un verano desbocado y un otoño que se aproxima

al abismo de la sutil forma de tus pestañas.

Tus labios de lluvia, tu verbo grandilocuente, el amor desdibujándose,

y dos cuerpos pendientes de un hilo rojo

tejido en las manos de los dioses.

Ya no pierdo si existe tu boca,

tu boca clavada en septiembre,

renacimiento, la fuerza de tu boca.

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Acto de fe

Maldita hybris, agosto y tú,

Madrid que se deshace en tus manos.

No te vayas de mi espejo,

la ciudad muere sin ti.

Santiguarme para desnudarme,

adentrarme en las aguas heladas,

silencio, quema la piel el deseo,

infierno de ausencia, el ruido de todas

esas botellas de vidrio rompiéndose

en las sábanas, trepar por tu espalda

hacia un te quiero escrito en la pared.

Amar. El amor como penitencia,

un suspiro, tu boca, en tus labios

la sed, el desorden, marzo, la siesta

haciendo de la casa un templo.

Congelar tu respiración dormida

en el santuario que es esta noche,

vivir para perder una y otra vez;

morir obstinada en la cuerda floja,

los pies descalzos, luz, un fogonazo,

una plegaria ciega hacia tus ojos.

Maldita hybris. Agosto y tú.

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Los días cotidianos

En el claroscuro de la incertidumbre

está tu amor colgado de las ramas del tiempo.

Mi cuerpo lamiendo las últimas gotas

que le quedan a tu cuerpo, extasiado,

azotado por el deseo, agarrando la vida

en el péndulo de la consciencia, sostenido

en el semitono de mi cintura en tus manos.

En la batalla contra la verdad de tus ojos

está la certeza ineludible de los míos;

en la luz de los días cotidianos, (el) destino

de dos cuerpos condenados al amor.

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Tus manos, amasando la arena del tiempo,

moviendo la masa de agua que hay

entre tu boca y la mía; tus manos

venciendo dentro de mi cuerpo,

convirtiendo sangre en sangre nueva;

tu sangre, invadiendo mi vida,

adelantándose a la eternidad.

Tus manos como un milagro,

mintiendo a las palabras, lejos

de la oscuridad y cerca de la tierra,

dibujando el futuro que hoy existe.

Tus manos, dormidas en mi cintura,

respirando profundo el calor de la tarde;

tus manos líquidas y valientes,

tus manos inmortales e infinitas,

tus manos agarrando mi voz.

 

Tus manos en las ciudades de la noche,

sangrando en el espejo del destino,

golpeando otra vez nuestro reflejo,

tus manos mordiendo la muerte que nos separa;

tus manos, la derrota es imposible

si se trata de tus manos; tus manos,

punto de luz; tus manos sobre el piano.

Tus manos para firmar mi fracaso,

tus manos en la bilis del océano;

tus manos que tiemblan, temblando,

como están temblando mis manos,

por encontrarnos la eternidad, tus manos.

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Altura

“La verdad del amor, que es tuyo y mío”,
Claudio Rodríguez

 

Sobre este océano leve, de cristal,

la verdad oscila en el movimiento de las aguas,

fluctúa sobre la luz intermitente

la oscuridad del amor profundo.

La mentira aparece en los días cotidianos

y duerme mi pelo en el dolor de las madrugadas.

Mi sangre, que es tangible, visible, sensible,

penetrada por tu sangre, es ahora mentira;

mi cuerpo, que tiembla, exhala, respira

en tus manos, convertido en mentira;

mi voz, sedienta de tu gravedad,

enredada en tu lengua, mentira;

mis labios, apretando tu cuerpo,

son mentira en la ciudad de tu boca.

Y en el aire, la verdad de este amor,

respirando en el cielo de Madrid,

en la eternidad del azul, mar, azul,

la verdad de amar, cielo, amar,

se ve desde los rascacielos la profundidad del amor,

este amor, tuyo y mío, amor.

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Retrato de tu cuerpo

Luz de una tempestad distinta, sol

has devuelto la luz a las ciudades

de mañanas insoportables sin futuro.

Pero te beso y existe la certeza

de tu boca entera, y llega tu cuerpo:

tu cuerpo, naranja amarga en mi espalda;

mis manos en el deseo, tus manos en mi voz.

Tu sangre, piel derramada en mentira,

tus retinas soportando mi cuerpo.

La vida cabe en esta habitación.

Tu cuerpo, boca de primavera, agua

de verano la tarde en mi cintura;

tus dedos sobre las estanterías,

extasiada luz del alba versos en tu lengua.

Tu cuerpo retorciéndose en el amor,

tus ojos empañados en mi boca,

que cae, cayendo por la eternidad de tu abdomen,

tus brazos sujetando la esencia,

el delirio de tus labios en mi nombre,

tu cuerpo pendiente de mi espalda líquida.

Tu cuerpo en la profundidad del amor.

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profundidad

La profundidad de tu boca

—tu boca ha llenado mi boca—

en la selva surrealista de imágenes

alentadas por tus ojos de espejos,

sedientos de mi espalda desnuda, ajena

al precipicio de la gravedad.

 

La profundidad de tu boca

dentro de un sueño azul sin título;

el corazón tan rojo, el amor,

tan alto. La vida tiembla en un tren,

enredada entre las manos, los cuerpos;

mi boca en profundidad de tu boca.

 

 

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invierno

«También hemos hablado
en la cama, sin prisa, muchas tardes».
Luis García Montero

Está lleno de hojas blancas febrero,

en el que tú y yo nos enamoramos,

nos bebemos la sangre derramada

para limpiar esta tierra de nieve.

El viento te levanta la camisa

para enredarme en tu boca,

principio de movimiento

hacia la luz de este amor de invierno.

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ausencia

Y sigo aquí respirando,

en el crujido de las hojas secas,

en la normalidad de las miradas

pese a ti; en las luces eternas

que ahuyentan el mar de tu dormitorio.

 

Y sigo aquí respirando,

con el alma muerta y el corazón

al otro lado de la tierra amarilla,

al otro lado de estos campos de sol,

sin mi cuerpo, enfermando, respirando.

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miércoles, 20 de junio

Estás en el margen de la realidad

abriendo paso hacia el infinito

—que debe estar más allá de estas puertas

de biblioteca, encerrado en tu boca—.

 

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